Reseña: Boyhood

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Boyhood, la nueva de Richard Linklater podría sentirse como un after-school special, después de todo, el gancho de la película es el continuo seguimiento de Mason, un niño en su etapa formativa; agarrando desde los 6 a los 18 años de edad del actor, Ellar Coltrane. El gancho, formulación publicitaria no más, pues la serie del director Michael Apted, Up, recorrió a través del documental unos 49 años de 14 niños británicos.

Boyhood no es una película en primicia, los cortejos de Linklater con el documental son expresamente en los rostros actorales como documentos. El pasar de los años en los semblantes también son capaces de contar historias. A su vez, podemos observar el pasar del tiempo a través de los diferentes marbetes del auto deportivo del padre ausente (Ethan Hawke- imposible separar al personaje del actor; un perfecto cabrón) en sus visitas ocasionales. La película está repleta de prototipos y artefactos de la vida americana en ese modo en el cual está constantemente retando los valores del american life tanto que a su vez los refuerza, estableciéndose en ocasiones como una cercana autobiografía de su director; nacido e indudablemente constituido en el estado de Texas.

Te guste o no, Boyhood cobra fuerza en los momentos transitivos ya que carece de una línea narrativa formal y es en los lapsos de silencio y simplicidad donde Linklater reúne su fuerza como director. La capacidad de Linklater, si alguna, es para sintetizar momentos cargados de emociones contradictorias. Capacidad certificada en su opus Dazed and Confused, crónica de la maduración de un grupo de adolescentes en Texas, en la década de lo setenta, cuyos ritos de pasaje incluyen la perdida de la virginidad y su primer pollo de marihuana; y también, de manera pronunciada en su A Scanner Darkly y Waking Life, donde emplea la técnica del rotoscope para agregarle aparente ligereza a un rollo existencial enfrentado a una distopía atiborrada de tecnología y vigilancia electrónica.

En Boyhood la ligereza es omnipresente, no molesta si no que le añade a un emergente nudo de confusión aparente a través de las incipientes barrigas, el acné, el sobrepeso y los pechos en desarrollo tal cual como en la vida. Todo esto es visto a través de los ojos de Mason, su hermana, Samantha (Lorelei Linklater, hija del director) y madre (Patricia Arquette), quienes son arrojados a un rodante ciclo de interlocutores –el padrastro alcohólico con demonios por batallar, los hermanastros, las parejas casuales de papá, los amigos del skate y las novias, cada cual con su ofrenda de consejo y agravio. Son las figuras de la madre y hermana la fuerza propulsora para la historia, mientras que los personajes secundarios poseen dinamismo a contrarrestar con la aparente inercia de Mason.

2014-Boyhood-Poster-250Por un lado el espectador se queda anhelando que en vez de la trillada película coming of age del muchachito en un suburbio Tejano, que el director tomara un poco de riesgo y girara la cámara hacia la entrañable pero dificultosa maduración de la hermana. Instante memorable es la concreta y palpable grima que evoca Samantha cuando su padre le habla por vez primera sobre el sexo. Por otro lado, la extraordinaria interpretación de Arquette como madre abnegada es evidencia fílmica de que las madres “rulean”. Observar los cambios fisiológicos de Arquette y la maña que emplea en utilizarlos para construir su personaje es en efecto fascinante, cargándose en todo su recorrido el adagio de que mujeres de cierta edad no son interesantes para audiencias.

Boyhood amasa cambios en su director; ahondado en su afán por la experimentación desde una perspectiva de timidez o sutileza (depende a quién preguntes). Que durante esos 12 años en los cual rodó Boyhood, todavía estuviera produciendo otros largometrajes habla de su aspecto prolífico. Permanecemos tan repletos de cinismo que una peli hecha con un entusiasmo libre de ironías nos cae pesado. Aún así, un baluarte de Boyhood es su función como cápsula de tiempo, donde las pantallas de celulares Nokia, computadoras iMacs color neón y televisores de tubo catódico anclan un capítulo de un singular periodo cuyo producto via epifanía, aunque paradójica, es desenchufarse para sintonizar la perspicacia.

“My main thought was, “How does my memory work?” I remember graduation. It was boring, and I was an extra in a big event, and there was nothing personal about it. But I do remember being in a car with my buddy Danny, and he had a drink and we were kind of farting around afterwards. And I do remember my mom talking too much at a little gathering she had for me that I really didn’t want to be at. If something is represented too much, we all bring in too much, and I don’t need to see it represented again. Even in my own mind, the good stuff came later. It gets better and more interesting and less fraught.” (Richard Linklater en entrevista con The Dissolve)

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Nace en 1985, el mismo día que Louise Brooks muere de un ataque de corazón. Inició sus estudios en la Universidad del Sagrado Corazón, enfocándose en las artes visuales. Pasó a estudiar un Máster en Dirección de Fotografía Cinematográfica en la Escuela Superior de Cine y Audiovisuales de Cataluña (ESCAC) en Barcelona. Completando allí un internado como asistente de restauración en el Archivo de la Filmoteca Cataluña. Trabaja como Técnico de digitalización en la Biblioteca de la Escuela de Artes Plásticas, asistente de producción, y programadora para la Sociedad de Cine de Puerto Rico. Comenzará una Maestría en Preservación de Imagen en Movimiento en New York University en 2014.