The Grand Budapest Hotel abre sus puertas a escépticos del “método Anderson”

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Si alguna vez has conocido o te ha tocado el infortunio de haber trabajado en un hotel, darías por sentado a gran ras que los trabajadores de hostelería son tal vez los últimos vestigios de los encantos de una cierta benevolencia evocativa de un Viejo Mundo burgués. Es a esta suntuosidad excesivamente refinada a la cual Wes Anderson decide dedicar su octavo diorama: The Grand Budapest Hotel es una orbe rápidamente en desliz, enfrentándose a una Segunda Guerra Mundial embestida, atrincherada en modernidad.

Las fortalezas estilísticas de Anderson, infinitamente reproducidas por estudiantes de cine de primer año, abundan e inundan la pantalla. Está allí su distinguida afición por la tipografía, su enfermiza simetría, los dollys, los bruscos ‘paneos’ con ópticas wide-angle, las re-buscadísimas referencias de la historia del arte (Rejoice! ¡Pendiente a una rendición de un Egon Schiele!) Cada una colocada espesamente como si se tratara de una confitura de Mendl’s (reposteria ficticia que aporta mucho a la trama), depurada del más viscoso fondant.

El meta-relato, matrioska, muñeca rusa de Grand Budapest Hotel comienza con la introducción de un huésped del hotel en su etapa de ruina, en la década de los 1960, que invoca la imperecedera soledad del típico pensionado de hotel. Anderson alude y colorea al hombre mito, Moustafa, himself (F. Murray Abraham) a través del relato que él mismo le recuenta a un autor, (Jude Law) mientras se cenan un banquete. Bajo el propio reconocimiento de Anderson, el personaje del autor es moldeado para sugerir al escriba de los textos que inspiraron el guión cinematográfico; el austríaco, Stefan Zweig. Colmadas de nostalgia y de una rabiosa oposición a la guerra, las novelas de Zweig funcionan como el hilo temático de la película. Mientras que Anderson puede ser un director visualmente estridente para unos y rimbombante para otros, resulta difícil negar su proeza al contar historias sin recurrir a la copia carbón. Las influencias están ahí, claro, expuestas, en alarde, pero de ellas resulta una pieza totalmente diferente a la fuente. Su dirección, palpable hasta en los ademanes de los actores figurantes, capaz de convencer al más duro escéptico del “método Anderson.”

2014-TheGrandBudapestHotel-300Al interior del relato de Moustafa, localizamos la historia de M. Gustave (Ralph Fiennes), miembro de una sociedad secreta de concierges, amante de las mujeres en tercera edad y mentor de un joven inmigrante aspirante a lobby boy (Tony Revolori), Zero Moustafa, en la pre de la segunda guerra mundial. Una de las amantes de M. Gustave, Madame D., muere y como gesto de buena fe por sus años de servicio le deja en herencia la altamente cotizada pintura Boy With Apple, ficcionalizado tributo a las pinturas Danesas del Renacimiento, suscitando un encadenado de eventos por parte de la familia de la Madama. Encabezado por el hijo, Dmitri (Adrien Brody), el orfeón de hermanas y el malévolo secuaz de la pandilla, Joplin (Willem Dafoe, en versión darks de su personaje en The Fantastic Mr. Fox), acechan al dúo protagónico con el fin de apresar la obra maestra y su consecuente fortuna. El junte de antagonistas si sirve de algo es para dilucidar que a Anderson (o a su Director de Arte) le puede quedar mucho mejor la nota oscura y siniestra fundida con un homenaje al slapstick, que su predilección por lo afectado y cursi.

La mentoría que se da entre personas con pasados desvanecidos, la dura inmigración (la otredad), el cariño, el amor y la preservación del mismo como tributo silente son algunos de los temas abordados a través de la producción, como tripulantes en un barroco vehículo cuya función es embutir la pantalla de puro espectáculo visual (al crédito de su reciente colaboración con el director de arte, Adam Stockhausen). En fin, la serie de serpientes y escaleras por las cuales atraviesan M. Gustave y Zero para mantener la obra de arte en su posesión sólo proporciona un pretexto para la pulpa de la historia. Subidones rociados con mucho humor, violencia y esteticismo, que a su vez continúan siendo ligeros en el peor de los casos y extremadamente hermosos en el mejor.

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Nace en 1985, el mismo día que Louise Brooks muere de un ataque de corazón. Inició sus estudios en la Universidad del Sagrado Corazón, enfocándose en las artes visuales. Pasó a estudiar un Máster en Dirección de Fotografía Cinematográfica en la Escuela Superior de Cine y Audiovisuales de Cataluña (ESCAC) en Barcelona. Completando allí un internado como asistente de restauración en el Archivo de la Filmoteca Cataluña. Trabaja como Técnico de digitalización en la Biblioteca de la Escuela de Artes Plásticas, asistente de producción, y programadora para la Sociedad de Cine de Puerto Rico. Comenzará una Maestría en Preservación de Imagen en Movimiento en New York University en 2014.