“It’s the economy, stupid”: sexo en HBO

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Image: What Not To Craft Blog

“It’s the economy, stupid.”

¿Qué tienen en común Manhattan y Detroit?  Dos ciudades estadounidenses muy opuestas.  Lo que refleja en números Wall Street en Nueva York, Detroit lo representa en imágenes.

Manhattan es glamour, la Quinta Avenida, Broadway, Soho.  Detroit, la industria automotriz (RIP).  Manhattan es Sex and the City (HBO), Carrie Bradshaw y la ganga, fashion, brunches semanales (¿cuyo costo alimentaría una familia en Africa durante un año o financiaría un pozo de agua en una comunidad de la India?), zapatos, carteras y ropa de diseñador.

La cúspide del sistema neoliberal en los años 90 es el telón de fondo de Sex and the City.  El éxito viene dado en una fórmula supuestamente revolucionaria: a más éxito, más sexo y vice versa.  Además, se vive del sexo.  No me refiero a la prostitución, sino al sexo como la herramienta de reflexión del “intelectual”.  (No, yo no me como el cuento de que Carrie es escritora).  Manhattan es una suerte de gran laboratorio para investigar (de primera mano) y escribir sobre las vivencias, el día a día de la mujer “común” de los 90: la mujer “finalmente” liberada, trabajadora, exitosa, que actúa como hombre sin ser juzgada.  Pero en este laboratorio no se usan batas blancas, no se experimenta con ratones.  No.  Se viste Dior, se coge.  Y entonces, sólo entonces, logramos entender a la humanidad.

Hasta ahí todo bien si no fuera porque la serie se ha centrado en plasmar un mundo, digamos, un tanto falso o alejado de la realidad.  Esa ciudad exageradamente fabulosa (que, naturalmente, no incluye a Harlem o a Queens.  Trauma total cuando Miranda se muda a Brooklyn) de cocktailes y fiestas, presentaciones de libros y exposiciones de arte (lo que entienden por cultura) y cenas en restaurantes exclusivos no es más que el Disney World de los yuppies , el American Dream a finales del siglo XX.

De otra parte, está Detroit en donde se ambienta otra serie de HBO, Hung, estrenada en el 2009.  En plena recesión económica, aparece Ray Drecker, maestro de escuela (no abogado, no escritor, no mecenas del arte, simplemente maestro), que no tiene, literalmente, en qué caerse muerto.  Una cosa lo redime: sus dotes de hombre o lo que es lo mismo, un pene descomunal que sería la perdición de Samantha Jones.

Y como “desperate times call for desperate measures” (“no pun intended” con lo de “measures”), Drecker acude a la profesión más antigua de la humanidad: la prostitución.  No voy a hablar aquí de su éxito “empresarial” (vean la serie).  Lo interesante es la presentación de la decadencia total: sin casa, sin esposa, sin dinero, ajeno a la vida de sus hijos y…viviendo en Detroit.

Las ciudades en ambas series son las grandes protagonistas.  Mientras que Detroit está lejos de ser el paraíso turístico a donde todos quisiéramos ir para, por ejemplo, despedir el año viejo, Manhattan es el viaje indispensable de todo joven; la experiencia de vivir en Nueva York (pero el Nueva York de Bradshaw et al) es el rito de paso de muchos, la ilusión de tantos.  Lejos está el Nueva York de los años 50 que acogía cientos de miles de puertorriqueños huyendo de la necesidad económica.

No importa, el tema sigue siendo la economía (stupid) porque a Nueva York se viaja para ir de compras, tomarse una foto en Times Square, ver un musical en Broadway.  A Detroit se va, se iba (?), como obrero de fábrica, como trabajador.  El éxito que condensa y promete una ciudad se convierte en el fracaso de otra o de la nación completa.

Podríamos decir que los créditos iniciales de ambas series se asemejan.  En uno, los rascacielos de Manhattan, las grandes avenidas, la gente chic, Carrie disfrazada de prima ballerina y el transporte público que confirma a todos que Carrie “knows good sex”.  La guagua que transita por la ciudad es la que lleva el mensaje a todos; la que promete el mismo éxito que Carrie a cambio de hacerte el más ávido lector de su columna.  Nosotros los espectadores de la serie nos convertirmos en cómplices de su vida e, incluso, la deseamos.

El comienzo en Hung presenta, igualmente, los edificios, las calles, el protagonista caminando la ciudad.  Pero también muestra algo que pareciera que Nueva York no tiene: vida laboral y vida de barrio.  Hay puestos de gasolina, vendedores de comida, un motel, casas en venta y edificios abandonados.  Una ciudad compleja situada entre la vida y la muerte.

El enfoque en Sex and the City es hacia arriba porque sólo podemos ver las cúpulas de los altos edificios.  En cambio, Hung parece más aterrizado porque muestra al hombre en una realidad más tangible, más, a fin de cuentas, real…además de mostrar más carne, lo que es lo mismo que decir “Ray does good sex”.

Hung es la cara del neoliberalismo que oculta Sex and the City: la desigualdad social, la violencia, el verdadero día a día de la mujer y del hombre “común”.  Como dice Ray, “everything is falling apart”.  Y es que Detroit, y no Manhattan, es el producto de una economía basada en la fuga de industrias a otros rincones del mundo.

Pero ahora parece que las chicas de Sex and the City también alcanzan nuevas latitudes y se van al Oriente; la conquista del desierto.  La consigna podría ser: Burka no, Blahnik sí.  Muy a tono con la política exterior del país.  Ray, en cambio, se lanza a la conquista de un mercado siempre en demanda que hay que suplir.  Un mercado que no depende de una infraestructura compleja ni mano de obra a granel.

En definitiva, “it’s the economy”, nada más y nada menos.  Es la llegada a nuestros televisores (por fin) de un mundo más caótico y más cruel pero, también, más creativo.

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El médico le recomendó a Sandra que escribiera para controlar los ataques de ira y ansiedad. Lo que no dijo es que el efecto podría ser el contrario. Cada tanto, me acuerdo de alguna sandez. Y esa sandez me produce, generalmente, (r)abia. Visita su blog, sand(r)eces (http://sandreces.wordpress.com/), para leer más de sus escritos.