Reseña: AMY

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I cheated myself, like I knew I would
Amy Winehouse, You Know I’m No Good

El documental de Asif Kapadia, Amy, no contiene demasiadas sorpresas. Sabemos lo que nos espera y lo que le espera a la sujeto del mismo. Conocimos (demasiado) a través de los medios acerca de los problemas de Amy Winehouse – problemas que tristemente ofuscaron en la prensa su increíble talento. Difícil en cierta medida cuando aun vivía no especular acerca de su estado, dada la cobertura sensacionalista. Las imágenes de Amy fumando crack que salieron en la prensa no tenían el mismo efecto que tuvieron las de Kate Moss esnifando cocaína… a esta última la defendieron sus compañeros del mundo de la moda y su carrera, de hecho, tomó un auge mayor después de las mismas. Como dijo en su momento Whitney Houston en entrevista con Diane Sawyer, crack is wack – y en Londres, donde la cocaína no deja de perder cierto caché aun hoy, añadirle bicarbonato de soda al marching powder es un no no. Igual sucede con el heroin chic. El chic persiste si eres guapa a la Anita Pallenberg, no si eres una chica norteña judía vista como cutre, aun teniendo una voz que remonta a grandes como Sarah Vaughan.

El documental no utiliza una voz narrativa. En vez, se desarrolla a través de vídeos tanto de amistades, como de su primer (y también muy joven) manejador, aquellos de la prensa, de grabaciones, de conciertos, de award shows, de los paparazzi y, en ocasiones, algunos increíblemente íntimos. Sorprende verle – al fin – estar en un remoto y aparentemente idílico rehab… luego de negarse a ir porque antes no había ido, como dice la canción la cual escribió y catapultó a la fama, porque su daddy thought she was fine. El alivio de al fin verle decirle sí al rehab es corto. Un experto en dicha materia explica que no es bien visto enviar a parejas a desintoxicarse juntas. Pero Amy siendo Amy (y muy, muy joven) y la máquina que la impulsa (en gran parte su padre) buscan el camino que Amy quiere. Blake, su marido, cuyo nombre lleva marcado encima de un tatuado bolsillo en su pecho, trae opiáceos consigo a la institución.

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En una crítica del documental se menciona acertadamente que Kapadia decide a través del documental borrar el segundo apellido compuesto del marido – el chico que conoció en Camden no es ya Blake Fielder-Civil, si no Blake Fielder. De civil, no tiene absolutamente nada. Una de las gracias del documental es que no se le hecha la culpa a nadie directamente – mas es imposible el no sentir ira ante Blake o ante el padre de Amy, quien al cancelar algunas funciones habla de un we sospechoso, como si fuera él integral a la puesta en escena.

Es imposible no sentir simpatía hacia Amy. Hay una dulzura inherente, una inocencia inesperada, como cuando comenta acerca del poder de su propia voz en una grabación. Esas características sorprenden ante su apariencia de chica tough y desaliñada. Su transparencia es chocante, como lo es su capacidad de conocerse y conocer sus faltas – evidentes en las letras de sus canciones. (Mark Ronson en entrevista no parte del documental dice que sus canciones mejor conocidas fueron escritas en cuestión de horas.) Duele ver su caos interior reflejado en su cada vez más estrepitoso beehive, en las líneas de lápiz de ojos cada vez más desorganizadas, en las marcas de su piel brotada, en su evidente cansancio existencial. Al no interpretar porque no quería, porque estaba hastiada, sentimos entendimiento y algo de ilusión – ilusión ilusa. Sabemos que no ha de ser.

Las partes en las cuales escuchamos a Amy Winehouse cantar, interpretar, son en sí suficientes como para ver el documental. Quisiéramos verle aun más en íntimo, como cuando la vemos grabando, y no en mega conciertos no bien dados para lo que realmente debió haber sido una estrella del jazz en vez del pop. Ella hubiese también querido eso. El resto del documental nos lleva a reflexionar acerca del estado de la prensa depredadora, de cómo consumimos la misma. Nos hace sentir al menos algo culpables, cómplices de la maquinaria que llevó a la mejor voz de su generación a su fin.

AMY, producido por el equipo a cargo del también excelente documental SENNA (2010), estrena hoy jueves, 13 de agosto, en las salas del Fine Arts en Hato Rey.

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Escribo sobre música, arte y derecho. Un cassette de Sonic Youth me cambió la vida a los catorce años. Sigo enojada con Thurston. Me tomo las cosas personalmente.