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Masa Crítica: Una noche con Mima en El Boricua

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Por: José E. Fernández
Especial para Puerto Rico Indie

30 de agosto del 2013Río Piedras, Puerto Rico. La gente camina por las calles de este barrio de San Juan pensando que se pasean en la espalda de una tortuga, cuando realmente van trepados encima de un cocodrilo amarrado por el hocico. Diez horas antes, almorzándome un sándwich de pastrami, me entero que Yarimir Cabán – aka MIMA – tocaría esa misma noche en El Boricua. Noticia para mí y probablemente para varios que se enteraron a través de la boca de amistades durante la tarde del viernes.

Las presentaciones de Yarimir Cabán no suelen ser poca cosa, y supuse que su presencia en las inmediaciones de Río Piedras durante la noche sería motivo para mover a una cantidad considerable de culos hacia un área cuya vida nocturna había sido molida durante los últimos años de la incumbencia de Jorge Santini como alcalde. “San Juan es sólo para los que comen chicharrones en el Parrot Club, y los demás que se jodan”, imaginaba yo que decía el otrora alcalde, cada vez que se rascaba la entrepiernas y escupía en el piso. Ahora nos encontramos en la incumbencia de Carmen Yulín, quien, montada en un unicornio, llego para devolvernos la fantasía de que Río Piedras tiene una vida nocturna.

Pero San Juan, con todos sus barrios, es un sitio complicado, y Río Piedras mas que los otros. Es por ello que, el prospecto de pasar el último fin de semana del verano en Río Piedras me pareció más que curioso – y más cuando se trataba de escuchar cantar, aunque fuese de lejos, a “Mima”.

Las diez y media y ya el estacionamiento de la funeraria Escardille estaba regado de gente que no venían a darle el pésame a nadie. El estacionamiento de la funeraria Escardille se veía invadido por los cuerpos de los vivos. Las aceras cercanas a El Boricua estaban todas ocupadas, mientras bregabas con el gitaneo de joceadores pidiendo limosna por velarte el carro. Toco estacionarse en la Plaza, cerca de la heladería Georgetti, bailando entre los focos intermitentes hacia el espacio, pasando por El Taller, hasta avistar la horda que se arremolinaba cerca de lo que por décadas ha sido el ombligo de la vida nocturna estudiantil en Río Piedras. No había que mirar el termómetro para saber que el vaporizo que emanaba sólo servía para propiciar el consumo de cervezas frías y conversaciones animadas.

Sin embargo, primero pasaría un camello por el ojo de una aguja antes que yo por la barra de El Boricua, así que me dispuse a caminar medio Rio Piedras para buscar un puñado de cervezas. En ese momento me di cuenta que la gente seguía golpeando el epicentro del espectáculo como olas. Sigue llegando la gente y Mima no ha empezado.

Regreso con las cervezas y ahora veo a gente trepada en las cornizas de los edificios aledaños a El Boricua. Esto ha dejado de ser un mero concierto para convertirse en misa de medianoche. Mima hace su soundcheck y no deja de divertirme el pensar que una mujer tan diminuta cargue consigo tanta intensidad. Se acerca una manada de bicicletas mientras sigue subiendo la temperatura. Tanto cuerpo junto me empujó a pensar en el peligro del cual, si estabas deficiente, Río Piedras estaba regalando por cajas esta noche.

El bajo. El bajo es lo primero que escuchamos cuando Mima comenzó el show. De momento la temperatura subió 20 grados a cuenta del peso de su voz. El aire se tornó un poquito más denso, y pensé que en cualquier momento el lugar estallaría – la gente agarrada de los postes, mientras la voz de Mima se seguía filtrando entre la muchedumbre. En cuestión de minutos, aquel enjambre de seres dispares se convirtió en una red, la voz de Mima atándolos desde el centro. Reconocí los primeros acordes de “La princesa” mientras pasaba una mujer de vestido rojo que, seguramente dio de qué pensar a varios hombres esa noche. En algún momento escuché “Damen”, distraído por media docena de encuentros fugaces en una noche de verano cruel. Seguía subiendo la temperatura y pensaba que no había llovido porque Mima no lo había pedido con su canto – que Mima tiene poder, no solo sobre nosotros, sino sobre los elementos.

Las gotas de sudor en la espalda, “Como en un anuncio” de qué-se-yo… ¿Gatorade? ¿Axe? Alguna estupidez. Una persona se atreve a tocarla y pienso que debe ser alguien que me conoce. Se acerca esta persona con una familiaridad pasmosa, y dice: “Mira todas estas hermanas en cristo que hay perdidas por ahí… ¡Hay que hacer algo para salvarlas!” Luego me pide un dólar. No queda más remedio que reírse: en este barrio de San Juan, no hay que salvar a nadie de nada que no sea la luz y el placer. ¡Y Mima ya se ha encargado de que sea muy tarde para redimirnos!

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