¿La generación que nunca pagará por un álbum?

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Foto: hyekab25 via flickr

“Ser o no ser, esa es la pregunta” dijo Hamlet, pensando que estaba solo. Para nosotros, los adorantes de música en un mundo de software, el dilema se manifiesta como, “¿Comprar música o no comprar música?” – y aunque quizás Ophelia, al sorprender a Hamlet no lo haya escuchado, los artistas nos están escuchando. La joven Emily White, quien hace su internado en NPR escribió un controversial post (“I Never Owned Any Music To Begin With”) para el blog de All Songs Considered el pasado 16 de junio en el cual admite que, aunque cuenta con 11,000 canciones en su librería de iTunes, sólo ha comprado 15 CDs en su vida…una joven de veintiún años supuestamente interesada en un oficio relacionado a la industria musical.

No pretendo ser la madre Teresa de la venta de música, ni estoy escribiendo esto para humillar a los que utilizan programas como Grooveshark o bajan torrents sabiendo que el artista que tanto “aprecian” no está recibiendo nada a cambio. Pero cabe observar cuando alguien mete las patas, y la señorita White ha metido las patas… bien nasty. Como somos compañeras de internados en blogs de ejes musicales – y de la misma generación – tuve que responder a su declaración: “As I’ve grown up, I’ve come to realize the gravity of what file-sharing means to the musicians I love. I can’t support them with concert tickets and t-shirts alone. But I honestly don’t think my peers and I will ever pay for albums. I do think we will pay for convenience.”

Entiendo que muchos de nuestra generación se encuentran ahogados financieramente en torno a la recesión que hemos estado sufriendo ya un par de años. Los señores de Wall Street nos han cogido de pendejos – pero eso no es nada nuevo (¿Serán ecos del 1929 lo que estamos escuchando…?). También entiendo que nos hemos movido a otras esferas más allá de lo material; los viejos vinilos de abuelo, aunque nos parecen tiernos en todas sus fragancias nostálgicas, no se pueden escuchar en el auto ni en la calle. Parte del problema que Emily White señala justamente es que, a la mayoría de nosotros, no nos molesta el hecho de que la gran porción de música que consumamos no sea tangible; si no que se ha vuelto residente de nuestros discos duros en lugar de nuestros estantes.

A diferencia de lo que experimenta Miss White, algo inenarrable me sucede cuando tengo en mis manos el primer álbum que compré o cuando tamizo por los vinilos que he heredado. La alegría que acontece cuando miro mi copia de The Greatest de Cat Power enganchado en la pared (un álbum que salió a la venta mientras Chan Marshall estaba en plena bancarrota) no tiene nada que ver con alguna pendejada burguesa. Es cuestión de una justa transacción, saber que tengo una extensión de ella conmigo y que simboliza el sistema de apoyo que existe entre artista y admirador. (Y si se le hace difícil creer en el aprecio de mero objetos, léase algunos cuentos de Felisberto Hernández.)

Obviamente hay muchas matices detrás de la pregunta, ¿Comprar o no comprar música? Por ejemplo, las opciones que tenemos hoy en día abundan y hasta abruman: comprar tradicionalmente (vinilo o CD), comprar a través de iTunes, o semicomprar cuando escuchamos artistas por medio de Spotify. Pero si pretendemos ser amantes de la música y por ende adorantes de los músicos que nos proveen nuestras válvulas de escape, nos tenemos que educar acerca de cómo es que artistas cobran por el arte que crean. No es suficiente quejarse de las compañías o corporaciones integrales a la industria musical por no pagarles suficientemente a los artistas si ni siquiera nosotros estamos intentando pagar. Es un débil argumento como expiatorio para nuestra pereza. La carta que David Lowry (cantante de Camper Van Beethoven y Cracker) dirigió hacia Emily White (“Letter to Emily White at NPR All Songs Considered”) explica con más lúcido detalle las cuestiones financieras actuales entre empresas discográficas y los artistas. No nos podemos llevar por la falsa ilusión de que a todos los artistas, sí o sí, les sobra el dinero, especialmente si estamos hablando de artistas de índole autogestionadota.

La pregunta para muchos se convierte entonces en: Si podemos gastar en una computadora o iPhone, en el data plan para Internet de alta velocidad y en los Sennheisers que usamos para escuchar nuestras bandas preferidas… ¿por qué no queremos pagar por la música en sí?