El cine en Puerto Rico: ¿Condenados a repetir?

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Los condenados, el más reciente largometraje puertorriqueño, estrenó hace unas semanas en las salas de cine del país, cargada por el ya reconocido llamado a la acción de “Apoya lo de aquí”. El mismo se utiliza siempre que estrena una película local para apelar a ese hilo común que nos une: la puertoriqueñidad. Se utiliza porque es fácil y barato y, por lo general, porque los filmes boricuas no tienen presupuestos para competir con la publicidad que reciben las cintas norteamericanas.

“Apoya lo de aquí” ya es el eslogan de facto de cualquier proyecto artístico o negocio en esta isla. Apoyar significa pagar dinero por el producto, en este caso cinematográfico, para que se recuperen los gastos de producción o, a son de milagro, lograr ganancias. Al recuperar o ganar dinero se legitima – en los ojos del financiero – el arduo trabajo y se abre paso para hacer otra cinta y luego otra y luego otra. Esto, sin duda, es importante. Una vibrante industria de cine local significa trabajo para cineastas, actores y técnicos, significa un taller de creación artística con repercusiones positivas en lo económico y lo social. Así que el lema de “Apoya lo de aquí”, por más trillado y bajo que aparente a los seguidores del cine, no tiene que serlo. Podría significar algo real y valioso, una unión de fuerzas hacia un bien común; algo completamente comendable.

Desafortunadamente el uso continuo de la frase para promover trabajos mediocres la diluye. La convierte en un lema vacío que busca generar ventas de taquillas y sentimientos de culpabilidad en quienes insistan en no apoyar lo de aquí. También busca igualarnos al cine de Hollywood, señalar que estamos ‘a la par’ con cualquier producción extranjera que se proyecte localmente – “apoya lo de aquí… que es tan bueno como lo de allá”. Aquí encontramos el error crucial. En el afán de llegar a una audiencia local que genere lo suficiente como para impulsar el desarrollo de una industria de cine puertorriqueño sostenible, se ha enfatizado el “como lo de allá”.

La necesidad de crear una industria o una cultura de cine en Puerto Rico tiene que sobrepasar este afán de imitar lo de allá y enfocarse en crear cine, y ya – un cine genuino que responda a nuestra realidad. La Corporación de Cine de Puerto Rico (CCPR) dio 1.2 millones de dólares para completar la producción de Los condenados y me pregunto si ese dinero no hubiera sido mejor utilizado en otro(s) proyecto(s). Está muy bien aspirar a valores de producción altos (elemento notable en Los condenados) pero apostar a que estos auguran un éxito en la taquilla o en la crítica es absurdo. Y no es la primera vez que esto pasa. Hacen falta buenos libretos; Los condenados no tenía uno.

Estoy claro que esa cantidad de dinero le dió trabajo a mucho artista y técnico. También estoy de acuerdo en que la experiencia colectiva de un crew ayuda a pulirlos y crea un ambiente de camaradería y unión que se desborda en otros proyectos. Pero ya debemos pasar esa etapa. Hay muchísima gente capaz y hay suficientes redes y conexiones entre los talentos como para dedicarse a hacer obras con más sustancia.

Unas semanas antes se exhibía en Fine Arts Café un documental llamado Ejkei, sobre la historia del deporte de la patineta en la isla. Además de contar con ayuda de la CCPR, el proyecto buscó auspicios del sector privado y donaciones por parte del público a través de Kickstarter hasta conseguir los fondos necesarios para completarse. El resultado fue una crónica muy interesante no sólo del skateboarding sino de la sociedad puertorriqueña y de los movimientos contraculturales. No es un documental que rompe paradigmas, pero es sumamente entretenido, educativo y, sobretodo, auténtico.

Mi santa mirada, cortometraje de Álvaro Aponte Centeno, se convirtió en el primer corto puertorriqueño en ser nominado para un premio en el Festival de Cannes. El director también se ha beneficiado, como muchos otros cineastas, de la ayuda del fondo cinematográfico que maneja la CCPR. Su trabajo anterior – Luz – también se puede describir como un trabajo genuino, apelando no a algo necesariamente puertorriqueño, pero sí universal.

Como estos dos ejemplos hay muchos (incluyendo el corto Gabi, por la cineasta boricua Zoé Salicrup Junco, galardonada con varios premios y presentada en el Tribeca Film Festival 2012) que demuestran la capacidad artística existente en la isla para hacer buen cine. No es por caerle encima a Los condenados, pero apostar tanto dinero a un tipo de filme que Hollywood nos ofrece con frecuencia (pero esta vez filmado y localizado en Puerto Rico) es una movida de alto riesgo y poca recompensa. Poca recompensa porque al competir contra Hollywood con recursos limitados terminamos sin ofrecer lo suficiente para cautivar a un público más allá del puertorriqueño – y entonces terminamos con “Apoya lo de aquí”.

Para verdaderamente crear una cultura de cine en este país los cineastas, y la CPPR, tienen que darse cuenta de las limitaciones que tenemos en la isla y utilizarlas para su beneficio – aferrarse a ellas como algo positivo. Difícil tarea, sin duda, pero ya tenemos suficiente valor, sacrificio y voluntad; estamos preparados. Si vamos a pedirle al mundo que apoye al cine de aquí, debemos asegurarnos primero de que valga la pena para nosotros apoyarlo.