Reseña: Esquina Periferia de Eduardo Alegría

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Reseña: Esquina Periferia
Eduardo Alegía | AtrumOrbis, Taller De Otra Cosa, Prod. Teresa, No Inc.
Por: Miguel Adrover Lausell
Especial para PuertoRicoIndie.com

¿Qué se puede decir de Esquina Periferia? Es evidente que se puede decir muchísimo. Si estás familiarizado con la irreverencia y las proezas estéticas de Superaquello, si estás cansado del puritanismo hegemónico, si te han mirado atravesa’o por ser alternative, indie, queer, si dicen que tu iPod es el de Alf, si te gustaría ver la cabeza de Wanda Rolón en los pies de Rivera Schatz – mientras éste es obligado a ver vídeos de Superaquello – la vas a pasar cabrón en el Hotel Puercoespín, vas a gozar en Limbo.

Dicho esto, confieso que a la pieza teatral hay que entrarle como el que come avena caliente: “por la orillita”. No quiero decir que la obra de Alegría sea mala, me refiero a que por nada del mundo EP (Esquina Periferia) es una gestión artística convencional. Sin embargo, tampoco sugiero tener un posgrado en semiótica queer o fenomenología heideggeriana para poder apreciar el valor de esta pieza. Si Waiting for Godot (Beckett, 1954) se presentó ante un público de reos – y estos entendieron el mensaje fundamental de la obra1 – EP también pudiera tener resonancia con la psiquis de cualquier público; claro está, cualquier público que se identifique con la crítica y con nuevas re-lecturas a la cotidianidad, ya sea dentro o fuera del escenario académico.

Las atesoradas y acariciadas ideologías – útiles para proteger nuestros vulnerables egos – deben ser puestas a un lado. Si esto no se puede hacer, entonces EP es “vulgar” o “chabacana”. En este miope y limitado contexto, sesgados “legisladores de la cultura”2 pueden despachar su validez (la de la obra) e identificarla como algo que “no es para todo el mundo”, o inclusive, como un escollo en la lucha LGBT3. EP es terapéutica, subversiva y provoca risas catárticas – un ineludible y siempre eficaz vehículo discursivo, presente en todo el genial trabajo de Alegría. Los elementos estéticos trabajados apuntan a zarandear percepciones. Estos – la música, el uso de la luz, la coreografía y las actuaciones – giran en torno a crear dos espacios particulares, pero contenidos en un solo enmarcado – una sola pieza teatral.

Los espacios están representados por dos actos: Un Cuarto Más Pequeño y Bus Boy Love. Este primer acto se desenvuelve en el lobby del Hotel Puercoespín. Un grupo musical, llamado Feoquedigamos, compuesto por Harry Rag, Eduardo Alegría e Isel Rodríguez, ameniza todas las noches. Los artistas parecen estar en una perenne condición de intérpretes, y habitan El Puercoespín como los fantasmas en The Shinning (Kubrick, 1980). Y es que no pude evitar percibir el hotel y sus personajes – el mise en scène – como espectros, o más bien, como un espacio o lugar en ruinas – metáfora apocalíptica de la actualidad puertorriqueña. Se hacen referencias tongue in cheek a anacronismos ideológicos – a través de la música de Víctor Jara y el uso de la frase “che guevaras desechables” -, a la precariedad, y a un críptico evento que dejó al hotel sin techo y bajo las estrellas.

El Hotel Puercoespín, Feoquedigamos y Máximo (un enigmático personaje con el prop más cabrón que he visto en una obra de teatro) se disuelven y queda Alegría, haciendo un apasionado manifiesto de su ser, reclamando su valor frente al otro – representado por el público. El artista, con su quirúrgico y a la vez creativo uso del wordplay, dice: “Yo sirvo”. Con estas palabras se crea un perfecto preámbulo para el segundo espacio de EP – Bus Boy Love. En la Esquina Periferia, específicamente en “algún Nueva York de la mente”, también se encuentra Limbo, un restaurante latino. La música cobra un papel protagónico, pero en este caso no es interpretada en vivo. Este acto está basado en las canciones de Los Ángeles Negros; un grupo de música chileno, con más de 40 años de longevidad, legendario en toda América Latina. I did my homework, y me puse a escuchar par de canciones de Los Ángeles Negros (The Beastie Boys samplearon El Rey y Yo para la canción The Move4 – Hello Nasty, 1998). Para mi sorpresa, es buena música; especialmente aquella de su época dorada, cuando el áureo galillo de Germain mojaba panties en gran parte de Latinoamérica.

En Limbo, Los Ángeles Negros son dos musas danzantes (Viveca Vázquez y Teresa Hernández). Son testigos de un romance entre dos meseros del restaurante: un boricua (Junior – Eduardo Alegría) y un mexicano (Abelardo – Yamil Collazo). Vemos el desarrollo del romance como una suerte de crescendo tempestuoso y pasional, mientras Los Ángeles Negros revolotean y velan por el florecer de la relación. Aquí el discurso queer, por razones obvias, es más robusto y palpable para el público. Me pareció interesante como se puso de cabeza la normatividad heterosexual de la sesentosa banda chilena, al hacerla el soundtrack de una relación entre Junior y Abelardo. No pude evitar pensar en Gozu, en donde también lo queer se dirige a romper paradigmas – en este caso, la hiper-masculinidad de los Yakusa.

Esquina Periferia es una experiencia preñada de arte, riquísima en contenido, y digna de formar parte del panteón cultural de Puerto Rico. Tenemos nuevas tramas en nuestro repertorio cultural que aportan novedad; updates a lo que entendemos por teatro, música, amor, ideologías etc. Es aquí en donde yace el valor de la obra. Todos deberíamos darnos una vuelta por la Esquina Periferia, quedarnos una noche en el Hotel Puercoespín y comernos algo en el restaurante Limbo. Los Ángeles Negros y Feoquedigamos nos van a poner a gozar.

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1 Theatre of the Absurd | (Martin Esslin, 1961)
2 Nación Postmortem | (Pabón, 2003)
3 O LGBTT, es una pendejá esto de ser politically correct.
4 via colección de redod

Maestro, lector y esposo. Amo y odio a Puerto Rico. El arte para mí es un tónico nietzscheano pues la realidad es kafkaesca.