Nosotros somos el sector privado

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Foto: ashraful kadir via flickr

@redod: Cuando entro a una buena tienda de discos, antes de comenzar a atacar los anaqueles en busca de alguna joya escondida suelo encomendarme a los dioses de la música. Es fácil volverse loco entre tanto producto, sin saber bien por dónde comenzar ni a cuál metodología acogerse. Así que mejor dejar que el destino juegue sus cartas.

La misma filosofía la he adaptado a Twitter: mejor que los “tweets” buenos me encuentren. Y tuve excelente suerte hace unos días al toparme con un enlace al siguiente ensayo, escrito por @agarzola (a quién algunos reconocerán de ésta entrevista). Publicado inicialmente en inglés bajo el título “We Are The Private Sector” en The Daily Frega’o, el ensayo explora de una forma que me pareció muy sincera y acertada la obligación moral que tenemos como sociedad de ayudar a los más necesitados.

A continuación encontrarán -más que una traducción del escrito original- una adaptación que abunda sobre el caso particular de Puerto Rico. Qué la disfruten y esperamos escuchar un poco de su sentir al respecto en los comentarios.

Nosotros somos el sector privado

Por: Alfonso Gómez-Arzola (@agarzola)

Leía una conversación en los comentarios del estatus de mi amigo Ronnie Moore en Facebook. En el estatus, Ronnie cita a Stephen Colbert:

Si ésta va a ser una “nación cristiana” que no ayuda a los pobres, entonces tenemos que convencernos de que Jesús fue tan egoísta como nosotros, o tenemos que reconocer que Él nos mandó a amar a los pobres y a servir a aquellos que lo necesiten sin condiciones, y admitir que simplemente no nos da la gana de hacerlo. (If this is going to be a “Christian nation” that doesn’t help the poor, either we have to pretend that Jesus was just as selfish as we are, or we’ve got to acknowledge that He commanded us to love the poor and serve the needy without condition and then admit that we just don’t want to do it.)

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La conversación incluye una variedad de argumentos bastante amplia, pero lo que más me llamó la atención es la responsabilidad del gobierno por atender a las personas más necesitadas en nuestra sociedad.

Hay algo que me viene fastidiando hace tiempo, y es la muchas veces mencionada obligación moral que nosotros como sociedad tenemos para cuidar de aquellos menos afortunados que nosotros. Yo estoy de acuerdo con esta idea, que conste: Creo firmemente que está en el mejor interés de cualquier sociedad atender a su gente más necesitada. Pero esa obligación moral no es una idea exclusiva para el argumento de que la sociedad debe tomar la vía del gobierno para atender estos problemas. Por cierto, es precisamente por esa obligación moral que creo que es mejor que el llamado sector privado atienda las necesidades de aquellos que me rodean. ¿Por qué? Porque yo soy el sector privado. El sector privado es cada uno de nosotros, tanto en nuestra capacidad individual como en la capacidad colectiva.

Mientras más responsabilidad le achacamos al gobierno, más grande se hace ese cuerpo, y más poder se le atribuye por necesidad. Porque mientras más grande es, menos representa a la sociendad que le eligió, y más se convierte en una entidad en sí misma—su propio organismo. Por otro lado, hacernos responsables de nosotros mismos, quitarle responsabilidad al gobierno, nos confiere poder a nosotros. Muchas veces el gobierno —y esto se ve muchísimo, ¡demasiado!, en Puerto Rico— se trata como una arrocera: lo pones en marcha, y te olvidas… hasta que se rompe, te quema el arroz y entonces te encojonas. Lo que digo es un principio básico de la condición humana: Mientras más poder e independencia ganas en la vida, más responsabilidades adoptas; mientras más responsabilidades le dejas a una autoridad gubernamental, menos poder e independencia puedes ejercer.

Varios años antes de mudarnos de Puerto Rico (el 30 de septiembre de 2005, para ser exacto), pasaron un reportaje en las noticias del canal 11 acerca de una comunidad en Loíza que llevaba dos años reclamándole al gobierno municipal que ayudara a un viejito vecino de la comunidad. Allí estaba Cyd Marie Flemming, “dándole una voz” a este frente comunitario de individuos indignados porque llevaban todo ese tiempo pidiéndole ayuda al gobierno local y todavía la casa del viejito estaba sin luz, sin agua y sucia; el viejo no tenía compañía ni nadie que lo cuidara ni le diera de comer, y ni siquiera tenía un bastón. Y luego ese pilar del periodismo boricua visitó a la Primera Dama de Loíza para reclamarle ante las cámaras que por qué no ayudaba al viejito. Dos años. Dos años estuvo esa gente reclamándole al gobierno y a ninguno se le ocurrió tomar cartas en el asunto, fuera de ir a quejarse al canal 11. Entre todos ellos pudieron comprarle un bastón al viejito por un par de pesos cada uno, pero no. Que lo haga el gobierno, y si el gobierno no responde, sólo nos queda quejarnos.

Si el gobierno debió o no ayudar al señor es irrelevante. Esta comunidad está mentalmente tan atrofiada que para ellos la única solución a la falta de bastón era llamar al gobierno a quejarse y luego llamar a un noticiero para que les publiquen el lloriqueo. Mientras tanto, en su poder estaba una solución muchísimo más poderosa que el gobierno municipal de Loíza: la autogestión.

Lo maravilloso del activismo por medios privados es su tendencia natural hacia la variedad. Nos provee la oportunidad de atender los problemas que nos importan en las maneras que nosotros creemos que deben ser atendidas. Podemos apoyar las organizaciones ciudadanas que mejor representen nuestras opiniones. En el caso del gobierno la cosa es distinta, puesto que muchas veces se requiere la dilución de muchas ideas para producir soluciones sombrilla que pueden funcionar como pueden no funcionar en tu comunidad, pero que serán aplicadas de todos modos con la intención de acallar las voces de aquellos que más se quejan. Y todo mientras se invierten mayores recursos (tanto humanos como económicos) que si ciudadanos privados se unen para atacar los problemas particulares de su comunidad de la manera más apropiada para su caso específico, con menos burocracia y menos comemierdería.

Muchas veces veo a gente hablar del sector privado como si fuera una colección de entidades extrañas sobre las cuales tenemos muy poca influencia. Y pareciera que el único argumento para defender una postura en pro de soluciones basadas en la intervención gubernamental es que al menos al gobierno uno lo elige. Pero también podemos manipular a la empresa privada. Lo podemos hacer con nuestro activismo y nuestro bolsillo, por supuesto, pero también lo podemos hacer con nuestra cultura.

Esto de la cultura es bien importante, porque la cultura responde tanto como informa nuestra conducta como individuos y de manera colectiva, incluyendo a las corporaciones. La cultura es el arma más poderosa en el arsenal político (en el sentido más amplio, más humano y menos sensacionalista de la palabra político). Por cierto, me atrevo a decir que la cultura es más poderosa que el dinero, la inteligencia y la violencia a la hora de dictar nuestra conducta.

Y, en Puerto Rico, la cultura es el epicentro de los problemas del país. Le podemos echar la culpa de cualquier problema a los políticos, a los tiradores de droga, a los cuponeros, a Richard Carrión y al cuco que esté de moda en cualquier momento, pero al fin y al cabo todo lo que “le hacen al país” se lo hacen porque tenemos una cultura que lo permite; una cultura de pedir por esa boca y quejarnos cuando no nos gusta como sabe el guiso. En Puerto Rico nada —NADA— va a cambiar hasta que no se atiendan las idiosincracias permisivas del ay, bendito y el quítate tú, pa’ ponerme yo.

Si se trabaja para forjar una cultura genuina de autogestión, confianza, autoevaluación, responsabilidad personal y para con las causas que nos interesen, una cultura de cuidarnos y cuidar de aquellos que nos necesitan en vez de reprocharle al gobierno que no nos cuide como esperamos de él, entonces necesitaremos menos gobierno. Debemos crear nuestras propias soluciones, ensuciarnos las manos y arreglar las cosas que necesitamos arreglar, atender los asuntos que entendemos deben ser atendidos.

Ronnie Moore es un ejemplo del sector privado en acción. Como ciudadano privado, él invierte su tiempo y sus recursos en la causa que más relevante es para él: La exploración de las artes y la cultura en su comunidad de Decatur, AL, un pueblo pequeño, precioso y difícil, que le presta muy poca importancia a las artes. Esta causa es importante para él, y él hace lo que tiene que hacer para compartir su entusiasmo con sus vecinos en pro de esa causa. Como él existen muchísimos en Puerto Rico, pero el ejemplo número uno para mí, personalmente, lo es José Ibáñez (Tropiezo, Juventud Crasa, Orquesta del Macabeo, Diente Perro, Discos de Hoy, Monopoio Records), un gestor cultural cuya trayectoria y alcance es un ejemplo a seguir.

Cada uno de nosotros atiende los problemas que más nos afectan de la manera en que podamos, y esperamos que la sociedad se encargue de todos los otros asuntos que nosotros no podemos atender. Así es que funciona esto de vivir en sociedad. Pero no cometamos el error de creernos que en el contexto de esta expectativa la única representación viable para la sociedad lo es es el gobierno, porque el mero concepto requiere que cada uno de nosotros renuncie a su poder personal y a su responsabilidad. Al final —y, como hemos visto demasiadas veces, invariablemente— el gobierno siempre terminará por decepcionar a más personas que las que termine por complacer.

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