Resoluciones: Promesas rotas y un nuevo año

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Foto: derekskey via flickr

Bajar de peso. Dejar de fumar. Hacer más ejercicios. Conseguir trabajo nuevo. Hacerse un ‘makeover’. Abandonar a la pareja. Tener hijos. Terminar de estudiar. Ahorrar más. Empezar nuevamente…

El año nuevo trae consigo alborotos, petardos, música, fiestas, champaña y – como acompañante casi obligatorio – Las Resoluciones. Son las mismas resoluciones que ya para semana santa se han olvidado.

… y es que consistentemente escogemos hacer unas resoluciones que nos cambien la vida: rara es la vez que oyes a alguien decir: “Mi resolución de año nuevo es cepillarme los dientes tres veces al día en vez de dos.” Suena gracioso, pero probablemente tendría mayor probabilidad de éxito. Pero no: la despedida de año, ese minúsculo cambio de numerito al final de la fecha, trae consigo un peso que ni Sísifo sabría qué hacer con ese peñón. La fiesta es grande, así que el cambio tiene que ser grande también. Y no es por nada, pero la resolución de perder peso siempre es un alivio a la culpabilidad que le queda a muchos después de jartarse medio lechón a la vara.

Yo intento tomar la despedida de año con una pizca de solemnidad: no hago promesas – soy malísima cumpliéndolas, y no voy a perder ni mi tiempo ni mis energías elaborando resoluciones que no van a llegar ni a las octavitas – pero siempre trato de detenerme un rato en medio del bullicio y mirar hacia atrás, hacia lo que fue el resto del año. Aparte de la rememoración nostálgica, que es un ‘guilty pleasure’ mío, la idea es analizar qué hice bien y qué pude haber mejorado. Estoy segura de que no soy la única que hace eso; por eso mismo las historias de algún familiar estallando en llanto en medio del conteo regresivo hacia la medianoche son casi una constante universal. Creo, sin embargo, que esa práctica puede ser más constructiva que hacerse castillitos en el aire e inventarse que uno, de un día para otro, va a cambiar su vida al estilo de la Cenicienta. Nada mejor que un buen cimiento en el pasado para poder construirse un futuro.

Por eso hago un llamado a las resoluciones pequeñas, que empiecen cuando a usted le dé la gana y terminen cuando se canse de ellas.

Diga que “este mes voy a comer más uvas que ninguna otra fruta”: de seguro lo va a lograr más fácil que eso de “bajar 50 libras” en cuestión de 52 semanas. En el peor de los casos no lo logra y la decepción no es tanta de todos modos. Olvídese de empezar sus resoluciones de año nuevo el primer día del año: sea honesto consigo mismo y admita que ese día usted lo que va a hacer es acurrucarse en el sofá a pasar la resaca de la noche anterior. Cualquier otra fecha es igual de buena o mejor (no es todos los días que está con el estómago en la garganta y con los ojos a punto de estallar). Y lo más importante de todo – y creo que ésta debe ser la primera resolución que todo ser humano debe hacerse desde el momento en que adquiere uso de razón: quiérase.

No, no es ese “quiérase” de La Nueva Era con pantaloncito de yoga y cuarzos verdes para sus chakras. Quiérase de verdad: que cuando se mire al espejo lo primero que le cruce por la mente no sea que tiene que comer más lechuga. Que cuando un día se levante sin ánimos de treparse en la trotadora, no se fustigue mentalmente. Que cuando ese día de desánimo se convierta en una semana, en vez de torturarse mentalmente con que su “resolución de mierda de año nuevo” se le está yendo pa’l carajo (y en el proceso le eche la culpa a los chocolates de San Valentín y Pascuas), mejor mímese un poco y entienda que usted, como ser humano pensante, se merece algo mejor que esa rueda de hamster gigante. Si tiene que encerrarse en un cuarto a seducirse a sí mismo con aceititos de Condom World y reggaetón erótico, meta mano, pero QUIÉRASE. La mitad de los problemas en este mundo existen porque la gente no se quiere pa’ ná.

Y finalmente comprenda que las resoluciones son cosas que nosotros hacemos todos los días: cada paso que damos, cada corte de pastelillo, cada mirada, cada sonrisa, cada mandá pa’l infierno … todas son decisiones que tomamos, pequeñas resoluciones que no vienen acompañadas con bombos, platillos y maracas. Deje de gastarse el tiempo buscando cómo cambiar su vida de un año pa’l otro, mejor busque cómo cambiarla en el mismo momento en que se le ocurrió la idea. Mejor dedíquele el tiempo de las fiestas de año nuevo a bajarse esa botella de vino. No es todos los días que le otorgan un festivo para atenderse una maldita resaca…

¡Feliz año nuevo de parte de PuertoRicoIndie.com!

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