MTV: Madres de Televisión

Comparte:

Por: Sandra desde sand(r)eces
Especial para PuertoRicoIndie.com

Me juego la vida a que todas las madres en algún momento dado de su existencia maternal, entiéndase, desde que son madres y no antes, han protestado porque son madres todo el año y no sólo son madres el Día de las Madres. Valga esta redundante invocación a la madre para justificar mi homenaje tardío (con respecto al Día de las Madres del 2010) o temprano (con respecto al Día de las Madres 2011). Y como sí es verdad que madre sólo hay una (porque ya sabían que iba a usar el refrán, claro) prefiero hablar de mis madres favoritas de la tele, que son muchas y terriblemente más divertidas que la mía que es normal y cuerda.

Livia Soprano – The Sopranos

Porque si alguien define el término “mujer castrante” mejor que quien lo haya definido antes, es Livia. No podría ser de otra forma cuando eres la esposa del capo de la mafia italoamericana en Nueva Jersey y, cortesía del determinismo biológico y social, tu hijo sucede al padre en el family business. Livia, orgullo de Freud, es la razón por la cual Tony, el hijo, sufre de los ataques de ansiedad y desmayos que lo llevan a terapia psiquiátrica con la Dra. Melfi. Pero para Livia, el insulto, la manipulación y el chantaje emocional son técnicas menores y cotidianas aunque muy eficaces: como la gota que va perforando la piedra o como la tortura china que taladra el cerebro del torturado (o algo así).

Pero lo verdaderamente admirable de Livia es que es capaz de planificar la muerte del hijo, fingir una especie de derrame cerebral que la deja medio inválida y medio morona, una pseudo demencia incapacitante que condena a todos sus hijos a, no sólo tener que ocuparse de ella hasta su muerte, sino debatirse entre la culpa y la alegría de saberse huérfanos desde el nacimiento. Si Tony y sus secuaces descuartizaban a sus muertos en Satriale’s, la carnicería del barrio, Livia optaba por un proceso más lento, doloroso y efectivo, el killing me softly del psicoanálisis: emascular a su hijo por medio de la palabra y el desprecio.

Livia resignifca el lugar de la mujer en la estructura cerrada de la mafia; es Livia quien desestabiliza la fortaleza psicológica y física de Tony, un psicopáta mafioso capaz de matar a sangre fría hasta a su familia carnal. Y sin Tony, no hay famiglia; adiós cosa nostra, al menos la dirigida por Soprano; se crea el vacío de poder y otro lo ocupa. Así, Livia es el poder detrás del trono o el que podría mover los hilos del títere y signar el final del reinado Soprano; Livia, mala como la sarna, consigue lo que los contrincantes de Tony nunca lograron: hacerlo caer…literalmente.

.
.

Carmela Soprano – The Sopranos

Carmela usa pañuelos de seda Hermès, escucha (y adora) a Andrea Bocelli (el no vidente), se combina la blusa con la chaqueta y con la correa del pantalón, tiene varias cadenitas de oro alrededor del cuello (con su correspondiente medallita de cruz), y sus uñas siempre están retocadas. Su cocina es su altar. Carmela siempre peinada (excesivamente peinada) es puro amor y de una inocencia altamente dudosa; en ella todo es “don’t ask, don’t tell.” Ella es la esposa y la madre perfecta pero, más que nada, es la burguesía perfecta. Perfecta, sobre todo, porque es su lugar en la sociedad lo que defenderá con uñas (convenientemente largas, duras y acrílicas) y dientes; ella es lo que cariñosamente se le llama “arribista.” Sólo que su arribismo consiste en algo aparentemente secillo: ser cómplice de su marido, un asesino.

No son suficientes las numerosas infidelidades y la violencia de Tony, las amenazas de muerte, el sentimiento de culpa por la complicidad, el deseo erótico por los otros que están mucho más abajo en la cadena de poder y dinero (los correveydile de Tony). En realidad, Carmela no sacrificará bajo ningún concepto la comodidad, el lujo, el poder y su espacio disimuladamente influyente en la familia Soprano (y es Carmela la que permanece en la mansión familiar cuando el matrimonio temporeramente se disuelve). La astucia y ambición de Carmela es directamente proporcional a la crueldad y furia de su esposo porque llegado el momento del borrón y cuenta nueva, Carmela opta por no abandonar su palacio y su glamour (si es que las falsas columnas corintias de la casa se pueden llamar glamour). Carmela está atrapada porque quiere. Y eso redunda en la mujer fiel y abnegada que es Carmela porque siempre va a callar y poner la otra mejilla a cambio, naturalmente, de más pieles y diamantes.

.
.

Ruth Fisher – Six Feet Under

La muerte del patriarca Fisher es lo que justifica la serie y la presencia de Ruth; es más, si no fuese viuda, no existiría su personaje. Y eso es justamente lo que se plantea: Ruth Fisher comienza a vivir tras su viudez y, además, vive en unos cuantos años una vida entera de forma condensada: desde la experimentación adolescente con drogas y sexo hasta el convertirse en abuela. Todo ello, sin abandonar su aspecto físico que la perfila como la más gringa y conservadora de todas (el pelo largo, la falda larguísima, ¡las medias con sandalias!, la camisita de botones, etc.) Lo que no le había pasado hasta ese momento, ocurre aceleradamente tras la muerte del marido cuando, por fin, la viuda no tan alegre se “libera” de su carga matrimonial.

Pero para Ruth parece complicado salir de su normalidad (la esposa y madre que cocina, limpia, cuida a los hijos y permanece al lado de su esposo) y entrar a una nueva normalidad que ella desconocía (la homosexualidad de su hijo, la inmadurez e inestabilidad emocional de su hija, la descontrolada vida de su primogénito). Ruth a duras penas puede asimilar el mundo que le rodea que prácticamente no conoce y, sin embargo, quiere formar parte de éste a toda costa. El resultado, aparte de la vergüenza ajena, es la locurala soledad.

Ruth no puede entender el mundo porque intenta vivir cada experiencia como si fuese trascendental, como siguiendo un panfletito de iglesia cristiana carente de toda prueba empírica. Ruth quiere saber a priori la enseñanza que se encierra en cada vivencia en lugar de llegar espontáneamente a la realización de su vida y de los momentos que la componen; Ruth inspira rechazo y lástima, a veces risa ¿cruel?; ella es la mujer patética que quiere ser feliz y no sabe cómo. Lo anormal en la vida de Ruth no es la muerte que le rodea (la funeraria, el negocio familiar, estaba instalada en su propia casa); todo lo contrario, la muerte es lo cotidiano y lo que inspira seguridad (económica y familiar). Lo anormal en la vida de Ruth es no saber cómo convertir lo más humano (el amor, el deseo, la rabia) en algo cotidiano y seguro sin sonar como la perdedora más grande del mundo.

.
.

Margaret Schroeder – Boardwalk Empire

A pesar de que la primera temporada de la serie no ha concluído aún, no es descabellado pensar que Margaret Schroeder merece estar en la lista de madres bien hijas de puta. Margaret, inmigrante irlandesa en los Estados Unidos a principios del siglo XX, pasa de ser la esposa maltratada y madre de dos hijos, a ser la amante de Nucky Thompson, el hombre más poderoso e influyente de Atlantic City en la década del 20. De evidente astucia e inteligencia, Margaret va haciéndose con el correr de los episodios: aprende qué le conviene y qué no, qué decir, cómo, cuándo y dónde y qué no; Margaret es como la rata de laboratorio que descifra rápidamente (y si no la rata es descartada o debería ser descartada del experimento) cuál es el camino correcto en el laberinto.

En su laberinto, Margaret Schroeder comenzó como la vulnerable y sufrida madre que, víctima del abuso físico por parte de su marido alcohólico, pierde al hijo que esperaba. Sin embargo, durante la marcha va añadiendo o descubriendo roles y ahora es la mujer que sabe identificar sus intereses y conseguirlos a partir de una sarta de momentos “oh no, she didn’t!”. De todos modos, esa lenta toma de poder e importancia en Margaret se encuentra irremediablemente con su inocencia y bondad: Margaret pertenece a la Women’s Temperance League, que luchó a favor de la Prohibición y en contra de la venta y consumo de alcohol, y, además, pareciera querer genuinamente a Nucky.

Ese cariño por Nucky será el motor de cambio en Margaret: de lo ideológico (su rol como miembro de la liga) a lo pragmático (su influencia como oradora en las futuras elecciones). En una sociedad que se va construyendo política, económica y socialmente (porque la serie presenta, justamente, ese desarrollo en Atlantic City), la bondad e inocencia de Margaret serán herramientas valiosas para generar conflictos, mover influencias, ganar poder. Margaret es, y muy posiblemente seguirá siendo, el personaje que provoque en el espectador ese levantamiento de ceja (yo sólo sé levantar la derecha) cuando nos damos cuenta de que “aquí hay gato encerrado” u onomatopeyísticamente (?) decimos “hmmmm.”

El médico le recomendó a Sandra que escribiera para controlar los ataques de ira y ansiedad. Lo que no dijo es que el efecto podría ser el contrario. Cada tanto, me acuerdo de alguna sandez. Y esa sandez me produce, generalmente, (r)abia. Visita su blog, sand(r)eces (http://sandreces.wordpress.com/), para leer más de sus escritos.