No te digo adiós, sino hasta luego: La “desaparición” del Walkman

Comparte:

Foto: Zack Akukumba via flickr

En días recientes, la compañía Sony anunció el cese de la producción del Walkman, su famoso “personal stereo,” luego de 31 años en el mercado. Mi reacción fue como la de Delfín Quishpe en su canción “Torres Gemelas”: “¡No puede ser, Dios mío! ¡Ayúdameeeeeeeee!”

En serio.

Yo adoro los cassettes (mi seudónimo arroja pistas contundentes sobre ello). Me dan un sentimiento de nostalgia increíble. Desde pequeña, siempre tuve acceso a varios tocacintas y grabadoras, pero siempre tuve un amor especial por aquellos que podía llevar a todos lados, ya que me gusta que la música me acompañe. Esa fue la inspiración detrás del invento de Andreas Pavel en el 1972 (el invento NO fue originalmente concebido por Sony y hubo demandas). Con su “Stereobelt,” Pavel quería “añadirle una banda sonora a la vida real” con sonido de alta fidelidad. Incluso, se proponía hacer de esa experiencia una que multiplicara el potencial estético de cualquier situación. Sr. Pavel, ¡usted es mi héroe!

De pequeña siempre tuve acceso a cassettes, ya fueran de mis papás o míos. Tuve (y todavía conservo) varios como el de Xuxa, La Ola Nueva, el de los Ninja Turtles que Pizza Hut vendía a $4.99 y la “banda sonora” de Con lo que cuenta este país (la banda sonora que nunca fue, porque no recuerdo haberla escuchado en algún episodio). También tenía cintas grabadas con otros discos, incluyendo la banda sonora de “The Bodyguard.” Me acuerdo cuando lo escuchaba en mi radio-casetera rosada y blanca, y cantaba junto a Whitney Houston “I Will Always Love You,” como si yo fuera la diva enamorada y apasionada que ella representaba en la canción. Ahí el botón de rewind se convirtió en mi mejor amigo para escucharla varias veces.

Curiosamente, ese nuevo amigo fue el que me trajo “problemas” y mini argumentos. Mi mamá no dejaba de advertirme que si le daba mucho rewind a la cinta, se dañaría no sólo ella sino el equipo (lucha que luego se trasladó a los discos compactos). Yo le decía que no, que yo era cuidadosa. Pero, ¿qué más podía hacer si me gustaba escuchar un fragmento de una canción repetidas veces, ya fuera por su instrumentación o la voz del intérprete? Hasta el sol de hoy, lo sigo haciendo con mi iPod, pero libre de regaños (#TRIUNFO).

Más adelante, mi rol pasó a ser de uno pasivo a uno activo, ya que para el 1995 y a mis 11 años de edad empecé a grabar mix tapes con las canciones que me gustaban de la radio (ahí las advertencias maternales aumentaron cuando mi uso casetero se volvió más frecuente). Mis primeras grabaciones se dieron en un equipo de sonido Sony con gigantes bocinas ochentosas y un boombox de doble cassette, cuya marca no recuerdo. Confieso que muchas de las canciones que grababa no eran las mejores, pero era a lo que tenía acceso para ese entonces. Aún así, tenía variedad de géneros, una cosa que siempre ha caracterizado mi colección musical. Para ese año, tenía temas de Café Tacuba, Manny Manuel, Enanitos Verdes, Cristian Castro, The Noise, Carlos Vives, Everything But The Girl, entre otros. Sin saberlo, daba comienzo a un pasatiempo que fue cobrando más fuerza, lo cual hizo apoderarme poco a poco de cuanto reproductor de cintas hubiera en casa.

En la Navidad de ese año, recibí un Walkman de marca genérica. No estaba mal, pero no incluía una parte vital: ¡El botón de rewind! (“¡No puede ser!”) Parte de mi ingenuidad tecnológica lo aceptaba, pero a la misma vez no. ¿Cómo era posible que un aparato de esos no tuviera rewind en los 90’s? Eso me hizo ingeniármelas. Por ejemplo, si quería volver a escuchar una canción de lado A de la cinta, tenía que poner el lado B y darle un poquito de fast forward (y por “poquito” me refiero a poquito de verdad, ¡porque iba rápido!) para que el lado contrario diera rewind, detenerme cuando mi instinto musical y de tiempo lo dictara, y volver a colocar el lado A para verificar que me había salido bien la jugada. Si no salía bien, tenía que repetir el proceso. No usé mucho ese tocacintas.

Tiempo después, por suerte y de una manera que no recuerdo bien, logré apoderarme del Sony Walkman de mi mamá (con advertencias anti-rewind incluidas) y pude reencontrarme con mi aliado tecnológico. El Walkman me acompañaba en mis momentos de hacer nada para poder concentrarme en la música, en el carro o antes de irme a dormir cuando preparaba mi mochila para el colegio o la universidad o mientras me preparaba para irme a dormir (ritual que hoy sigo con mi iPod). Este último era especial, porque al final del día escuchaba las 2 ó 3 canciones que me obsesionaban en ese momento para irme con su recuerdo por si pasaba algo.

Pero ese ritual cambió un poco cuando me regalaron un CD boombox de Sony (sí, en mi familia preferimos Sony) y luego un toca CD portátil de Panasonic. Aún así, en el Walkman escuchaba los mix tapes que seguía haciendo.

Y entonces, llegó la era de los mp3 con la computadora que me regalaron. Napster, Audiogalaxy y otros se convirtieron en mis nuevas fuentes de música, lo que a su vez abrió las puertas para que pudiera descubrir artistas que la radio no me permitía. Fui dejando mi pasatiempo de crear mix tapes no sólo por eso, sino por las nuevas responsabilidades que iba adquiriendo y mi disgusto con lo que sonaba en la radio comercial. Los tocacintas empezaron a dañarse y a no reemplazarse, incluyendo el Walkman, que estuve usándolo hasta principios del 2004 (y que conste, no se dañó por el rewind). Luego empecé a hacer mix tapes pero en CD’s con la música que bajaba, y más adelante llegó el iPod a mi vida, en donde ahora hago playlists a los que considero mix tapes.

Aunque disfruto mucho de la tecnología del iPod y de los mismos CD’s (quienes realmente iniciaron la caída de la industria casetera), extraño los cassettes. Me hace falta desenrollarlos con un bolígrafo para arreglar la cinta y volverlos a enrollar; los locutores colándose en mis grabaciones; el rewind acompañado de advertencias; los sonidos alterados en alguna sección de la melodía porque la cinta estaba “masticada” y que uno se aprendía de memoria; y tener el tiempo de escuchar mis tapes de arriba a abajo.

Pero no todas las tecnologías tienen su descanso eterno. El vinilo está en pleno regreso y los artistas están lanzando sus producciones en ese formato que daban por muerto. Lo mismo está sucediendo con el cassette. De alguna forma, se ha podido retomar y reinventar lo que se consideraba obsoleto, y se ha hecho desde una nueva perspectiva artística y estética de los formatos. Todo esto se ha logrado a pesar de las desventajas de cada uno. Y si de desventajas se trata, los discos compactos y el formato mp3 también tienen las suyas.

Tampoco podemos olvidar que una tecnología siempre da paso otra. Por ejemplo, el Walkman fue el papá del iPod. De igual manera en cuanto a la evolución, las tecnologías nos pueden ayudar a encontrar nuestras pasiones. Si no fuera por la dedicación a mis mix tapes, no me hubiera hecho seguidora de la música. Por eso y mucho más, le doy mis eternas gracias al Walkman y, por supuesto, a Andreas Pavel.

Así que, pase lo que pase, nunca apaguen sus Walkman, tocadiscos, 8-tracks y/o iPods. Al final del día, lo importante es contar con alguna máquina que reproduzca aquellos sonidos que deseamos escuchar: los que nos dan alegría, los que nos sirven de consuelo, los que son la banda sonora de nuestras vidas. Después de todo, P.I. Tchaikovsky dijo que “si no fuera por la música, habrían más razones para volverse loco.” Añádanle a eso el Walkman.

Escritora, editora y bloguera. Algunas de sus fuentes de inspiración son la música, el cine, la literatura, la arquitectura, el ballet y la ciudad. Para leer otros de sus escritos, visita su blog thepurplemixtape.blogspot.com.